Manuel Romero Tallafigo tomó posesión como académico de número de la Academia Andaluza de la Historia el 2 de octubre de 2026, en el acto de apertura del curso académico 2026/2027 celebrado en el Ateneo de Sevilla. El discurso protocolario llevó por título:«Juan Sebastián Elcano, en el V Centenario de su muerte».
Romero Tallafigo es catedrático emérito de Paleografía y Diplomática de la Universidad de Sevilla.
Presentar hoy a quien ha sido maestro es, para mí, mucho más que cumplir con una tarea académica. Es, ante todo, una oportunidad para expresar públicamente mi reconocimiento y mi gratitud hacia una persona que ha dejado una huella profunda en mi formación.
Puede decirse que mi formación archivística y paleográfica tiene dos pilares y dos grandes maestros: Manolo Romero, discípulo como yo de D. Luis Núñez Contreras y D. Pedro Rubio Merino, canónigo archivero, que ya no está entre nosotros pero que debería formar parte igualmente de esta excelsa Academia Andaluza de la Historia.
Conocí a Manolo Romero como adjunto de D. Luis, dando clases prácticas cuando el titular daba la formación teórica, una buena persona de quién aprendimos rigor y afán por el saber.
Hablar de mi maestro es hablar de conocimiento, pero también de una determinada manera de entender el oficio intelectual. De él aprendí que investigar no consiste únicamente en acumular datos, consultar documentos o construir argumentos, sino en saber mirar, preguntar, dudar y volver una y otra vez sobre aquello que creemos conocer. Aprendí, sobre todo, que detrás de cada documento existe una historia y que detrás de cada historia existen personas, circunstancias y preguntas que merecen ser comprendidas.
Su magisterio no se limitó a transmitir conocimientos. Fue también una invitación permanente a pensar por cuenta propia, a trabajar con rigor y a mantener viva la curiosidad. Esa combinación de exigencia y generosidad es, probablemente, una de las formas más profundas de enseñar.
Con el paso del tiempo, una comprende que los verdaderos maestros no desaparecen cuando termina una etapa académica. Permanecen en nuestras preguntas, en nuestra manera de investigar, en los criterios con los que examinamos una fuente y hasta en la forma en que transmitimos a otros aquello que nosotros mismos aprendimos.
Por eso, hacer este artículo, constituye para mí un privilegio. Hablo como alumna, pero también como alguien que ha tenido la fortuna de recibir su enseñanza y de comprobar que el verdadero magisterio trasciende las aulas. Un maestro no es solamente quien nos enseña una disciplina; es quien consigue que queramos seguir aprendiendo cuando la lección ha terminado.
Quisiera, por tanto, que estas palabras fueran también un sencillo homenaje a su trayectoria, a su dedicación y, sobre todo, a esa generosidad intelectual que convierte el conocimiento en una forma de legado. Porque algunos profesores transmiten conocimientos; los grandes maestros dejan discípulos. Y quienes hemos tenido la fortuna de aprender de él sabemos que su verdadera obra no se encuentra únicamente en sus libros, sus investigaciones o sus enseñanzas, sino también en todos aquellos a quienes ayudó a mirar la Historia con mayor rigor, curiosidad y respeto.
La transcripción paleográfica tiene que tener sentido, si después de transcrito, el texto pierde sentido, no está bien hecha la transcripción. Eso pasa a veces, pasa igualmente en la vida. Gracias Manolo y bienvenido a la Academia Andaluza de la Historia.
